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Los Quintos

EL ÁGUILAÁguila Imperial.

Año II – Núm. 25

Aguilar de Campóo, 10 de enero de 1915.

Autor: Antonio Pérez de la Fuente

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LOS QUINTOS

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Quintos del 69La tiranía de la ley arranca lo mejor de cada casa y lleva a los muchachos a prestar un servicio arduo y penoso, poniendo en los ojos de las madres una lágrima de dolor.

Si faltan brazos para trabajar la hacienda de la familia, la ley no lo ve, o no quiere verlo; si se derrumba un hogar, ¡que se derrumbe!, a falta de otra cosa los escombros pagarán el tributo.

En esto pocos piensan el día que se van los quintos, ¡si pensasen! Sólo se acuerdan los padres, generalmente ancianos, y esas chicas que ahora tardan más que antes en volver a casa con los recados, porque el novio, el quinto, exige que las entrevistas sean más largas… porque acaso ve en su imaginación que son las últimas.

Aguilar de Campoo. Fiesta de San Isidro labrador

¡Qué tristes se quedan las pobrecitas chicas! Los primeros días son insoportables, hasta en el salón de baile las notas del organillo tienen para ellas sonido de melancolía, ¡esas notas que antes alegraban dos corazones hermanos!

Cuánto darían ellas por tener ya un retrato con los colorines del uniforme; y así se repite la eterna canción…

La alegría de la marcha desaparece tan pronto como el tren los aleja de los campos que cultivaban con sus manos.

Después viene el pensar en esas tierras en las cuales han dejado a sus padres, a sus abuelos, a sus hermanos, la salud y la vida sin poder ahorrar al fin de la jornada ni una maldita peseta porque trabajaban para otro, y ahora que ellos eran la ayuda tienen que marchar sin que sepan cuando van a volver.

Quintos del 63 - Barruelo Los quintos en el pueblo son una nota de alegría, son los bien queridos de todos; porque van a refrescar el cerebro fuera del hogar, porque pueden quedarse allá para siempre.

        En la capital de la provincia son algo que provoca la risa porque van en grupos; porque su traje dice bien claro que vienen del pueblo. Y las gentes imbéciles, inconscientes, les ríen en la faz como si no fueran los mismos a quienes admiran pocos días después con un raro indumento.

        No pierdan ellos del pensamiento a su pueblo, y si por esas poblaciones aprende cada uno lo que es y lo que vale, puede venir satisfecho, que el mundo marcha y puede que la tierra le haga la justicia, siendo suya, de remunerarle los alquileres que pagó cuando trabajaba para otro y su única alegría era el canto gracioso de los burlapastores en el tomillar.

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